lunes, 19 de septiembre de 2011
Versión acabada sin cortes de "Conocí el secso por el ortodoncista"
María, así como la ves, con sus 48 kilos, se carga nomás al grone
lunes, 12 de septiembre de 2011
Autoayuda (A.C.A.) - OScar
AUTOAYUDA
¿80$? ¿80$ por arreglar una plancha? Ni loco, le dije al del taller de reparaciones.
Después de todo, ¿Quién necesita una plancha?. Pude averiguar en Internet, un estudio donde dice que la ropa arrugada abriga tanto como la planchada. Y ni hablar de la electricidad que se ahorra.
Todo anduvo bien, hasta que salí con mi queridita Lucia. ¿Podrías venir mejor arreglado cuando salís conmigo? me dijo. Para no tener que explicar mi problemática con el artefáctico eléctrico no reparado, le dije que había venido en el colectivo lleno y que me habían estrujado hasta los ojales. Y para no tener que discutir con mi cuchi cuchi arrugofóbica, me atuve a la prolijidad en el mantenimiento de mis prendas. Primero utilicé la técnica Dolina. Poner el pantalón abajo del colchón y dormir una siesta aplastadora y reivindicatoria de la tersura original de los lienzos, arriba. Pero esto me insumia 2 horas, que no podría asegurar que desperdiciadas, en esta menuda tarea doméstica. Luego probé la técnica de calentar la sartén en la hornalla, y usarla como plancha. Pero desistí a la 3er salpicadura del aceite que suelo económicamente guardar en el referido utensilio hasta la cuarta fritanga de papas ídem.
Esta sucesión de fracasos, no dejó de dejarme un dejo de mensaje esperanzador. Yo estaba tratando de solucionar los problemas por mi mismo, y bien podría entonces arreglármelas para arreglar la plancha por mis propios medios. Así que decidí comprarme un libro que me explicara: Auto ayúdate: Arreglatela solo . Revisé los ítems de los capítulos. Mejore su autoestima, Aprenda a hablar en público, Domine su pereza, Trate de ser un poco menos nabo. Busqué en la letra P. Paciencia, perseverancia, persuasión, persistencia, plancha. Si, ahí estaba lo mío.
Quedó bastante bien el arreglo. Y a partir de ahí, mi autoestima se fortaleció como para emprender cualquier problema de la vida, sin necesidad de pedir ayuda. Yo solo me podía autoayudar. Basta de pedirle al chofer que me marcara el importe del boleto. Yo solo accionaba los botones del tablero del conductor. Tampoco le pedía que se detuviera en tal parada. Yo solito me autoayudaba en mi necesidad de que el vehiculo se detuviera, accionando por mi mismo el freno de mano. En los negocios no solicitaba que me cobraran. Solito me autoayudaba a venderme. Es mas, me preguntaba yo mismo que quería llevar.
Y con mi amoruchi Lucia, también decidí que no necesitaba que ella respondiera mis preguntas. Yo solo podía autoayudarme contestando mis preguntas en lugar de ella. ¿Queres que ponga el partido? le preguntaba, y sin esperar que ella se tomara la molestia de ayudarme resolviendo mi pregunta, yo mismo me autoayudaba contestando “Si, justo me moría de ganas de ver el partido”. O, “¿vas a comer lo que queda de helado?” le preguntaba a mi media toronja, y yo mismo contestaba por ella “no, comelo todo vos porque yo estoy muy gorda y tengo mucha celulitis”.
Se nota que mi amadísima comprendió mi nueva filosofía, porque cuando le dije que ardía de frenéticos deseos de liberar mi libido con ella, me contestó: “¿Por qué no te autoayudás solito?”
sábado, 10 de septiembre de 2011
Ejercicio 3: El día de un sicario después de asesinar al premio nóbel de la paz - Sebastián
¡Basta de los gastados chupines de Charlie Manson o las insufribles gafas del Unabomber! El flamante asesino de Obama nos demuestra que los psicópatas también pueden estar a la moda.
viernes, 9 de septiembre de 2011
El sí fácil y la bestia
lunes, 5 de septiembre de 2011
Mi Amiga Alicia - Bibiana
Querido Octavio - Bibiana
Librame de esto - Bibiana
jueves, 1 de septiembre de 2011
Mapas en tatuajes
El humor como mapa: dos ejemplos en Les Luthiers y en Groucho
La fabulosa canción que mandó componer Groucho para una película porque él mismo estaba más cerca de Harpo que de la guitarra, Lydia, la chica tatuada, elude la censura con una gracia sin par. “Puedes aprender un montón de ella, es mucho lo que te puede ENSEÑAR” (y va describiendo todos los datos enciclopédicos que se advierten en diversas zonas de su anatomía con picarescos dobles sentidos y versación inigualables).
Décadas después Les Luthiers desentierra de lo profundo de su subconsciente la idea de un mapa tatuado a lo largo del cuerpo y la aplica para poner en boca de Daniel Rabinobich dobles sentidos como “no les muestro Italia porque quedaría feo” o “tengo miedo, me tiembla toda Europa”.
Tanto cuando analizamos como unidad de medida la palabra, como cuando lo hacemos con conceptos que encaja el humor inteligente precisamente porque no corresponden a una buena inteligencia, incurrimos en esta misma mecánica de establecer un sistema de equivalencias. Ya sea una homofonía (como, en mi caso hablar de una nueva entrega actoral de mi hermana, jugando con el sentido de que la estoy entregando) como en una homologación improcedente (el fútbol y los filósofos) existe la lógica de que determinada cosa encuentre un equivalente en determinada otra, la base del símbolo que nos distingue de los animales (si bien la mayoría de nuestros gestos no son símbolos sino conductas animales universales inhibidas como demostró en su brillante libro Darwin).
Borges, como veníamos viendo, tiende a magnificar, nunca a empequeñecer. Sus recursos sucintos sirven siempre para dar una idea de vastedad inconmensurable. Por eso le gustan los chistes de que alguien pretendió hacer un mapa perfecto, pero que lamentablemente ocupaba el tamaño del terreno que pretendía describir. No otra cosa que un mapa que ocupa el terreno que pretende describir es “Pierre Menard, autor del Quijote”: a Funes, el memorioso, le llevaba un día entero recordar un día de su vida. Ya vamos a estudiar sus recursos no categorizados. La repetición innecesaria en “El padre Bartolomé de las Casas sintió infinita piedad por los indios que se extenuaban en las minas de oro antillanas y mandó a importar negros para que se extenuaran en las minas de oro antillanas”
Mientras ustedes puedan dejar asentado un sistema de equivalencias en un marco referencial, pueden jugar con los órdenes más dispares y cuanto más rigurosamente lo sigan más gracioso será. Como los elaborados insultos de los cronopios en Cortázar, como el diccionario de insultos de “Barcelona” o el del argentino exquisito de Bioy Casares que descorrió el velo respecto de lo absurdo de nuestro snobismo, podríamos reducir todo fenómeno humorístico a un corpus que lleva inscripta una señalética, una fisiología que se pretende geografía. Como si pudiera aparecer un cartelito en la frente de mi tía que dijera “atención, a cinco minutos, desvío de la atención”.
presentación de Gonzalo
fracaso amoroso (Oscar)
romper el chanchito (Etgar Keret)
Romper el cerdito (Etgar Keret)
Mi padre no accedió a comprarme un muñeco de Bart Simpson. Y eso que mi madre sí quería, pero mi padre no cedió y dijo que soy un caprichoso.
-¿Por qué se lo vamos a tener que comprar, eh? –le dijo a mi madre- . No tiene más que abrir la boca y tú ya te pones firme a sus órdenes.
Mi padre añadió que no tengo ningún respeto por el dinero, que si no aprendo a tenérselo ahora que soy pequeño, ¿cuándo voy a hacerlo? Los niños a los que les compran sin más muñecos de Bart Simpson se convierten en mayores en unos maleantes que roban en las tiendas porque se han acostumbrado a conseguir todo lo que se les antoja de la forma más fácil. Así es que en vez de un muñeco de Bart Simpson me compró un cerdito feísimo de cerámica con una ranura en el lomo, y ahora sí que me voy a criar siendo una persona de bien, ahora ya no me voy a convertir en un maleante.
Lo que tengo que hacer a partir de hoy, todas las mañanas, es tomarme una taza de cacao, aunque lo odio. El cacao con nata es un shekel; sin nata, medio shekel, pero si después de tomármelo voy directamente a vomitar, entonces no me dan nada. Las monedas se las voy echando al cerdito por el lomo, de manera que si lo sacudo hace ruido. Cuando en el cerdito haya tantas monedas que al sacudirlo no se oiga nada, entonces me regalarán un muñeco de Bart Simpson en patineta. Porque como dice mi padre, eso sí que es educar.
El caso es que el cerdito es muy lindo, tiene el hocico frío cuando uno se lo toca y, además, sonríe al meterle el shekel por el lomo, lo mismo que cuando sólo se le echa medio shekel, aunque lo mejor es que también sonríe cuando no se le echa nada. Además le he buscado un nombre, le he puesto Pesajson, como el hombre que tuvo nuestro buzón antes que nosotros, un buzón del que mi padre no consiguió arrancar la etiqueta. Pesajson no es como mis oros juguetes, es mucho más tranquilo, sin luces ni resortes, y sin pilas que le derramen su líquido por la cara. Lo único que hay que hacer es tenerlo vigilado para que no salte de la mesa.
-¡Pesajson, cuidado que eres de cerámica! –le digo cuando me doy cuenta de que se ha agachado un poco y mira al suelo, y entonces él me sonríe y espera pacientemente a que yo lo baje. Me encanta cuando sonríe; es sólo por él que me tomo el cacao con la nata todas las mañanas, para poderle echar el shekel por el lomo y ver que su sonrisa no cambia ni una pizca.
-Te quiero, Pesajson –le digo después-, y para ser sincero te diré que te quiero más que a papá y a mamá. Además siempre te querré, pase lo que pase, aunque atraque tiendas. ¡Pero si llegas a saltar de la mesa, pobre de ti!
Ayer vino mi padre, agarró a Pesajson y empezó a sacudirlo salvajemente boca abajo.
-Cuidado, papá –le dije-, a Pesajson le va a doler la panza –pero mi padre siguió como si nada.
-No hace ruido, ¿sabes lo que quiere decir eso, Yoavi? Que mañana vas a tener un Bart Simpson en patineta.
-¡Qué bien, papá! –le dije-. Un Bart Simpson en patineta, genial. Pero deja de sacudirlo, porque haces que se sienta mal.
Papá dejó a Pesajson en su sitio y fue a llamar a mi madre. Volvió al cabo de un minuto arrastrándola con una mano y agarrando un martillo con la otra.
-¿Ves cómo yo tenía razón? –le dijo a mi madre-, ahora sabrá valorar las cosas, ¿a que sí, Yoavi?
-Pues claro –le respondí –le respondí, porque la verdad es que así era, pero a los pocos minutos mi padre se impacientó y me espetó:
-¡Venga, rompe el cerdito de una vez!
-¿Qué –exclamé yo-. ¿Romper a Pesajson?
-Sí, sí, a Pesajson –insistió mi padre-. Anda, venga, rómpelo. Te mereces ese Bart Simpson, te lo has ganado a pulso.
Pesajson me brindó la melancólica sonrisa de un cerdito de cerámica que sabe que ha llegado su fin. Al diablo con el Bart Simpson, ¿cómo iba a darle un martillazo en la cabeza a un amigo?
-No quiero un Simpson –dije, y le devolví el martillo a mi padre-, me basta con Pesajson.
-No lo has entendido –me aclaró entonces mi padre-, no pasa nada, así es como se aprende, ven, lo voy a romper yo. Alzó el martillo mientras yo miraba los ojos desesperados de mi madre y luego la sonrisa fatigada de Pesajson, y entonces supe que todo dependía de mí, que si no hacía algo, Pesajson iba a morir.
-Papá –le dije sujetándolo de la pernera.
-¿Qué pasa, Yoavi? –me respondió con el martillo todavía en alto.
-Quiero un shekel más, por favor –le supliqué-, deja que le eche otro shekel, mañana, después del cacao, y entonces lo rompemos, mañana, lo prometo.
-¿Otro shekel? –sonrió mi padre, dejando el martillo sobre la mesa-. ¿Ves, mujer?, he conseguido que el niño tome conciencia.
-Eso, sí, conciencia –le dije-, mañana. –Y eso que las lágrimas ya me ahogaban la garganta.
Cuando ellos ya habían salido de la habitación abracé con mucha fuerza a Pesajson y di rienda suelta a mi llanto. Pesajson no decía nada, sino que muy calladito temblaba entre mis brazos.
-No te preocupes –le susurré al oído-, te voy a salvar.
Por la noche me quedé esperando a que mi padre terminara de ver la tele en la sala y se fuera a dormir. Entonces me levanté sin hacer ruido y me escabullí con Pesajson por la galería. Caminamos juntos muchísimo rato en medio de la oscuridad, hasta que llegamos a un campo lleno de ortigas.
-A los cerdos les encantan los campos –le dije a Pesajson mientras lo dejaba en el suelo-, especialmente los campos de ortigas. Vas a estar muy bien aquí.
Me quedé esperando una respuesta, pero Pesajson no dijo nada, y cuando le rocé el morro como gesto de despedida, se limitó a clavar en mí su melancólica mirada. Sabía que nunca más volvería a verme.
la presentación de martín
es muerte, el instante en el que hablo ya dejó de existir y como todo es impermanencia, el cese de las funciones cardiorrespiratorias no es algo diferenciable y apartado).Presentación de Oscar
Nada en quince minutos (Eduardo Wilde)
Fui a tomar el tren en Belgrano para ir a la estación Central (Buenos Aires). Atravesé los rieles y me puse a pasear en el andén, parándome de vez en cuando con las piernas abiertas, como un marinero en la cubierta de su buque, para descubrir si se veía el humo de la locomotora.
No había humo ni locomotora por el momento; pero en compensación, una señora joven, seguida de una mucama más joven, cargando ésta a un niño aún más joven (de pecho supongo), pasó la vía y fue a sentarse en uno de los bancos con su séquito.
Yo soy un hombre de buen gusto y lo pruebo, refiriendo que entre buscar el humo problemático de una locomotora por venir y mirar la cara de una señora presente y bien parecida, preferí esto último.
Declaro en confianza que cuando llegó la señora me olvidé del tren y afecté un aire indiferente.
En mis paseos observé:
Primero: Que la señora era realmente linda, madre de un primer hijo, rubia y fresca.
Segundo: Que la mucama tenía la cara redonda, ojos negros vivísimos y una boca como cualquier botón de rosa.
Tercero: Que el niño…¡creo que ustedes no se interesan en el niño!
-¿Se irán solas?-pensé.
En esto apareció su marido; lo conocí en su modo de andar, en su aire descuidado y en los tres boletos que traía en la mano (los niños de pecho no pagan boleto).
La señora tomó una actitud reservada; el marido se puso a hacer fiestas al niño y yo volví a escudriñar el horizonte buscando el humo de la locomotora.
Debe llamarse Elisa, me dije, o Delia o algo en que haya una e y una i: su nombre debe tener dos sílabas o tres a lo más.
Supongo que el lector no piensa que me refiero a la locomotora, ni a la mucama, ni al niño, ni al marido.
La razòn para llamarse Elisa o Delia estaba en el color de su vestido, gris claro: la imaginación tiene su lógica femenina y no admite que una señora vestida de gris claro, rubia, fresca, elegante y un si es no es risueña, casada con un hombre moreno, pueda tener un nombre en que no figuren las letras i; amables letras, distinguidas y livianas.
Ramona, no se llamaba seguramente.
Llegó el tren; yo, fingiendo no importárseme nada de Elsi, subí primero que su familia a un vagón, el más próximo.
Quizá hubo un poco de cálculo en mi apresuramiento.
Celia subió en seguida con su marido, con su mucama, con su niño y con todos sus atractivos; es decir, con su boca blanda, húmeda, bien cortada, sus dientes bañados en rocío del alba, su frente limpia, sus mejillas…dejemos las mejillas para más adelante.
Me senté dando la espalda a la máquina y un poco lejos; también hubo un cálculo orgánico en esto, pero yo no me di cuenta.
Naturalmente, la señora y la mucama con su niño, se sentaría mirando hacia delante, es decir, dando el frente a un servidor de ustedes, y el marido (odioso) dándole la espalda; así sucedió.
Edi, una vez en su sitio, mostró en su semblante hallarse satisfecha; lo mostró no sé cómo, probablemente por aquellos signos de coquetería delicada que todas las mujeres ejercitan aun entre las personas de quienes nada se les importa.
Yo he visto a señoras de mi relación presumirle a una cómoda o hacerle gracias a un espejo para seducir a los demás muebles.
He visto más: alisarse el pelo a una enferma moribunda, antes de dar el último suspiro…
El marido estaba inquieto; sabía por instinto que su mujer trataba de parecer bien al vagón, a los pasajeros, y a los animales que se morían de hambre a uno y otro lado de la vía en los campos pelados.
Yo me fijaba en la nuca del marido; nada poética por cierto; una nuca vulgar, y la señora, de tiempo en tiempo, me miraba rápidamente como diciendo: “gracias, señor, por su admiración”.
A mi vez le habría agradecido la instalaciòn de sus encantos si hubiera sido exclusiva, pero era universal, pues con la misma expresión de amor propio la destinaba al guarda del tren, a los asientos de esterilla vacíos o a los paisajes del camino.
¡Hay un fondo de perversidad innata en las mujeres más felices, más lindas y más distinguidas!.
¿Querrán ustedes creer que la encantadora Friné se puso a besar al niño con la boca más sabrosa que ha viajado en tren, desde Adán hasta la fecha?.
El marido no podíaa prohibirle que besara a su hijo, pero indudablemente habría preferido que no lo hiciera.
¡Sabía que los besos eran para tantalizar al público!
El niño, sorprendido por tamañas efusiones que tal vez encontró inusitadas, diose a mirar con ojos de muñeca y a protestar con gestos afligidos; la mucama se puso más colorada y más bonita; el marido ejecutó un cuarto de conversión, y yo, que me ocupaba en ese momento en calcular la profundidad de unos hoyitos que se dibujaban en la mejilla de la adorable madre, mientras se sonreía deliciosamente, me vi forzado a practicar una diversión (en su sentido técnico y militar) poniéndome a mirar un caballo flaco, afligidísimo, como político en decadencia, empantanado en una zanja.
¡Decididamente el caballo es un animal muy útil para el hombre!
La señora comprendió el reproche mental de su digno esposo y apoyándose en el espaldar del asiento, un feliz espaldar, fingió una tristeza tan melancólica y tan perfecta que hizo al marido derramarse en una lluvia de preguntas cariñosas y llenas de inquietud.
¡Qué arte tan sublime tienen las mujeres para manejar a sus maridos!
Heli volvió a sonreírse y una atmósfera de felicidad, de gracia y de belleza se difundió en el ambiente.
-Central-gritó el guarda tren.
-Tan pronto-contestaron los sentimientos íntimos de los viajeros en todo el compartimento.
La triunfante señora arreó con sus gracias, el marido salió del purgatorio (un siglo había pasado para él en quince minutos) y cuando yo me preparaba a tomar mi postre de emociones viendo bajar a Irene, último nombre que le di a la divina viajera, fui frustrado en mi anhelo por el saludo cariñoso e inoportuno de don Mariano Abreojos, corredor de frutos del país, entre cuyos bigotes tiesos fue a enmarañarse mi visual destinada a un pie probablemente chico y delicado.
¡Así concluyen todos los encantos de esta vida!
¡Nada en quince minutos, sino la supresión de un cuarto de hora!
Eduardo Wilde, Prometeo y Cía. Buenos Aires, Anaconda, 1938